Simbolo Hungría

Un mundo con guerras, ése ha sido el mundo en los últimos siglos.

Guerras coloniales, guerras imperiales, guerras interimperialistas, guerras étnicas, guerras religiosas; la guerra dejó de ser un medio para constituirse en una forma de ser de varios países, como instrumento de conquista, de fortalecimiento de sus economías, de imposición de su hegemonía imperial.

Un mundo con guerras ha sido el mundo del dominio de la búsqueda ilimitada de ganancias, de la explotación desenfrenada de los recursos naturales, de la superexplotación de los trabajadores, del uso de la tecnología para acumular más riqueza y no para la conquista del bienestar de la humanidad.

El fin de la “guerra fría” y de la bipolaridad entre dos superpotencias no significó el advenimiento de la paz y de la resolución armoniosa de los conflictos. Al contrario, representó el recrudecimiento de las aventuras bélicas, en particular con las guerras del Golfo, de Yugoslavia y de Afganistán, en la realidad masacres de adversarios claramente inferiores y principalmente bombardeos de poblaciones civiles.

Los atentados terroristas del 11 de septiembre tuvieron como respuesta la instauración del terror como forma de relación entre los países, en sustitución del derecho internacional, hasta allí precariamente vigente. Estados Unidos de América -protagonistas principales, directos o indirectos, de prácticamente todos los conflictos bélicos existentes- pasó a imponer por la fuerza su voluntad, por el bombardeo, por las amenazas, por la asunción del papel de juez y policía del mundo.

Mientras tanto, un clima de nueva “guerra fría” fue instalado en el mundo. Palestina es devastada, la Operación Colombia se profundiza, las relaciones entre India y Pakistán se deterioran, varios gobiernos asumen la postura de militarización de los conflictos -como, entre otros, el mexicano en relación a Chiapas y el español en relación al País Vasco. Las Naciones Unidas son vaciadas, las otras potencias capitalistas y casi todos los otros gobiernos del mundo delegan en Estados Unidos la función de agentes del terror permanente o toleran la generalización de la arbitrariedad y de la violencia, que es como decir al mundo que la ley del más fuerte se impondrá siempre.

El aumento de la desigualdad en el mundo, la extensión del proceso de exclusión social y de miseria funcionan cada vez más como caldo de cultivo para que conflictos que podrían ser resueltos de forma pacífica desemboquen en conflictos violentos, reforzando el clima de guerra que tanto interesa a los que la promueven para lucrar con ella.

Y sin embargo, un mundo sin guerras es posible. Posible e indispensable, si la humanidad quiere tener futuro.

Un mundo sin guerras es posible, a condición de la existencia de un organismo internacional con poder y legitimidad para intermediar los conflictos con justicia y equidad, que represente la voluntad mayoritaria de la humanidad de forma democrática. Ese organismo puede ser la ONU, en caso de que sea democratizada, terminando con el poder de veto de potencias imperiales que arrogan el derecho de ser miembros permanentes del Consejo de Seguridad.

Un mundo sin guerras es posible, si se elimina la industria de armamentos y si sus millonarios recursos fueran transferidos para atender las necesidades básicas de la mayoría de la humanidad, hoy marginada del acceso a lo que el mundo tiene condiciones de producir.

Un mundo sin guerras es posible, si fueran abolidas las deudas externas ilegítimas y eliminados los “paraísos fiscales”, donde son lavadas las suculentas ganancias de la industria bélica -entre otras formas clandestinas-, y se destruyeran las redes de financiamiento de gran parte de los conflictos mundiales, abastecidos por el armamento producido por las mayores potencias económicas del mundo, las mismas que detentan el poder de veto en las Naciones Unidas.

Finalmente, un mundo sin guerras es posible, si el mundo es reconstruido sin potencias hegemónicas, atendiendo a la multiplicidad y diversidad de la humanidad, sin predominio de unas sobre las otras. Un mundo sin guerras será un mundo sin hegemonismos, será un mundo con un poder mundial democratizado, apoyado en procesos de integración regional, que exprese los intereses de la gran mayoría de la humanidad.

Un mundo sin guerras es posible y necesario para que los hombres y las mujeres vivan en paz, en armonía, en condiciones de justicia y de igualdad, para que la humanidad se apropie de su destino y construya un mundo en el cual quepan todos los mundos.

Porto Alegre, Rio Grande do Sul, Brasil, 3 de febrero de 2002